Hacia 1916 resolví entregarme al estudio de las literaturas orientales. Al recorrer con entusiasmo y credulidad la versión inglesa de cierto filósofo chino, di con este memorable pasaje: “A un condenado a muerte no le importa bordear un precipicio, porque ha renunciado a la vida”. En ese punto el traductor colocó un asterisco y me advirtió que su interpretación era preferible a la de otro sinólogo rival que traducía de esta manera: “Los sirvientes destruyen las obras de arte, para no tener que juzgar sus bellezas y sus defectos”… Entonces […] dejé de leer. Un misterioso escepticismo se había deslizado en mi alma.
Jorge Luis Borges
“Una versión inglesa de los cantares
más antiguos del mundo”
(Textos Cautivos, 1986)



